Llegaste en esa noche, te vi y supe que eras el regalo de los
dioses, caminabas por el parque tímida y solitaria venias frente a mí y tu luz apagaba
los faroles, contemplabas algo en tus manos y luego lo guardaste con sumo
cuidado, se te escapó un suspiro y tropezaste conmigo. Por vez primera me sentí
vivo, me sentí afortunado… feliz.
Al levantar tu mirada sonreíste y se rompió el silencio con tu
voz diciendo tu nombre… Sofía… tu soledad y la mía se despidieron, no eran
bienvenidas. Recuerdo que te aferraste a mi brazo y dijiste que te sentías
segura, te abracé y mis miedos quedaban tras nuestros pasos.
Nos alejamos de la gente, lejos del bullicio, no parabas de
sonreír y yo tejía palabras para tus oídos. Llegamos a un parquecito, se detuvo
el tiempo, las estrellas se aglomeraron
para contemplarnos.
De tu bolsillo sacaste con gran delicadeza una llave… te veías preciosa… al darme la
llave te escuché decir. –esta llave abre mi corazón, te la regalo, ábrelo y entra
en él, pero nunca salgas, porque te amo, te amo…
Hoy sigo a tu lado, sigo en tu corazón y solo puedo decir que te
amé esa noche, aún te amo y te seguiré amando Sofía…
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